Leonardo da Vinci observó el mundo con una atención casi reverencial. Pintor, ingeniero, anatomista y pensador, entendía la naturaleza como un sistema vivo, en constante transformación. Entre todos los elementos que estudió, el agua ocupó un lugar central.
Para Leonardo, el agua no era solo un recurso ni un paisaje: era una fuerza viva. La definía como el vehículo de la naturaleza, capaz de crear y destruir, de moverse con violencia o de permanecer en un equilibrio silencioso.
En sus cuadernos, el agua aparece una y otra vez dibujada en remolinos, corrientes, caídas y ondas. No como un elemento estático, sino como un cuerpo en movimiento continuo, reflejo de los propios ritmos del ser humano.